Narrativa 2: La Vida de Una Huérfana

Eran las horas de la mañana cuando Isabel fue despertada por los rayos del sol.  Al ver a su alrededor Isabel realizó que su vida todavía no tenía realidad. Seguía con la ilusión de que su vida era una pesadilla de la cual despertaría algún día. La niña cerraba los ojos y con lágrimas pensaba en su madre. Aún podía ver su sonrisa y sentir el toque de sus manos entre su cabello. Podía sentir las manos tiernas de su madre cuando limpiaba las lágrimas de la niña después que sufriera una caída. Podía oler el perfume de su madre cuando la abrazaba.  Isabel abrió los ojos y se dio cuenta de que todo eso había terminado. Ella estaba decidida a nunca regresar a ese hogar que termino con la vida de su madre. Nunca quería ver a ese hombre que le quito lo más hermoso de su vida.

Isabel decidió seguir su jornada hacia la realidad de su vida.  Pronto le llego el hambre a Isabel pero no tenía dinero para comprar ningún pan ni sabio para donde ir. Isabel nunca había salido de la casa; solamente para ir para la escuela, la cual dejo de ir por falta de dinero. Su madre solo salía para ir al mercado y tenía que llegar antes de la hora de la cena para prepararla. El poco dinero que ganaba su madre de la venta de sus tejidas era suficiente para comprar algo de comer. Isabel recuerda haber ido al mercado con su madre solamente en una ocasión. Aún podía recordar toda la cantidad de comida que había visto; toda de diferentes colores. Fue entonces que ella decidió ir al mercado para buscar algo que pudiera comer. En el camino, Isabel no aguantaba la sed causada por el furor del ardiente sol. No tenía otra opción más que tomar agua de un charco que encontró bajo la sombra de un árbol. Al llegar al mercado Isabel empezó a mirar toda la comida con una gran mirada. Pasaba por los puestos de fruta y se moría por obtener una naranja en sus manos pero siempre que trataba de cogerla la vendedora la echaba fuera. Aún con su cara sucia, su cabello enredado, y sus pies llenos de lodo seco los vendedores no le dieron ni ninguna probadita. Isabel, rodeada de tentaciones, no pudo resistirse y mientras pasaba por un puesto de mangos, obtuvo uno y salió corriendo de prisa.

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